En octubre de 1998 llego a mis manos una bolita de pelo blanco. Era mi perro. Mi primer y único perro. Se llamaba Yipi.
Ya lo habian bautizado con ese nombre, ya respondía por Yipi así que no se lo cambiamos. Me gustaba, era alegre, igual que él.
Nunca jamas mordió a nadie, nunca ladró con agresividad. Si lo hacía, era para llamarnos la atención si había algún extraño fuera de la casa. También lloraba cuando escuchaba las sirenas de los pacos o de las ambulancias. Y los fuegos artificiales y todo lo que sonara remotamente parecido a una explosión lo aterraba. Los 11 de septiembre (vivo cerca de la Villa Francia en Santiago) lo pasaba mal con los bombazos y los balazos que se escuchaban a lo lejos.
Cuando era chico, no habrá tenido mas de 5 o 6 meses lo atropellaron. Un jeep le pegó con el parachoques en pleno hocico. De ahí en adelante su cara cambió para siempre, dandole el razgo por el que la gran mayoría de la gente que lo conocería lo recordaría posteriormente: Mi perro era papiche.
Siempre que le hacia cariño me miraba fijamente, y siempre encontré sus ojos tristes. Aunque era el perro mas loco y juguetón del mundo. Siempre tuvo personalidad de cachorro, aunque ya tuviera mas de 5 años.
Le encantaba la comida de mi mamá. Aunque no le hacía asco tampoco a los pellets y a la comida de perro. Sin embargo sus comidas favoritas eran los huevos revueltos (mi papá tuvo la idea de hacerle un par de huevos en una ocasión que se quedó sin comida para perros… le encantaron. Se devoraba los huevos que daba gusto verlo), el queso y la carne… cocida, picada y que se la dieran en la boca. (Con el atropello perdió algunos dientes superiores, lo que no lo dejaba comer cosas muy duras o grandes normalmente).
Pasaron los años, yo me vine a Concepción y no lo vi tan seguido. Hasta que un dia viajé a mi casa y lo encontré gordo como bola… No gordo de comer mucho, sino hinchado, solo a la altura de la guata.
La veterinaria dijo que podría ser el hígado. Nunca supimos, porque durante el día mis viejos trabajan y yo acá en Concepción no podía hacer mucho.
Sin embargo se le veía igual de alegre, con el mismo apetito e igual de cariñoso. Esto fue el año pasado.
Hasta este año, poco antes del verano, cuando comenzamos a darnos cuenta de que chocaba contra las cosas al caminar y que no era debido al pelo que le caía sobre los ojos como antes. Sus ojitos estaban con un velo blanquecino. El Yipi se nos estaba quedando ciego.
14 años no pasan en vano. Menos para un perro. El Yipi aproximadamente estaba en los 80 años “humanos”.
El domingo, el Yipi, mi perro se cansó. Dejó de comer, llovía en Santiago y no fue capaz de meterse a su casa ni a las cajas de cartón que mi papá le ponía en el patio (siempre prefirió las cajas de cartón a su casa. Nunca supimos porque). Esa noche durmió a la interperie. Bajo la lluvia
Pasó el día lunes, y lo unico que comío fue un tazón con leche que mi papá le dió.
Hoy, mi perrito ya no daba mas. Estaba sufriendo y se cansó.
En este preciso momento debe estar en la clínica, a punto de irse, yendose o quizá ya se ha ido.
Lo importante es que ya no esta sufriendo. Lo doloroso es que no lo voy a ver nunca mas.
No tengo una foto de él aqui, pero apenas llegue a Santiago actualizaré esto con una foto de mi Yipi.
Adiós amigo querido. Sé que no fui el mejor amo del mundo, pero quiero que sepas que siempre te quise, y siempre te voy a querer.
Ojalá que el cielo esté lleno de huesos carnudos y de pailas con huevos revueltos.
Chao Yipi. Te quiero.
Nota: Durante un mes, mi blog será blanco y tendrá el luto a la derecha.
June 17, 2010, 6:22pm